Una estación, trenes y metros gélidos,
esos de aroma a plástico y metal.
Un vagón de seres humanos tímidos,
donde se hiela y escarcha lo real.
Las puertas cierran, olores tan vívidos,
complicidad pasajera, leal.
Paisaje diluido, colores líquidos,
ya comienzan los dedos su ritual.
Una madre a su hijo no ve reír.
Ciertos momentos, que no se darán,
un saludo, una charla, una amistad.
Un glacial frío se empieza a sentir
hecho de vidrio, cobalto y coltán
y al que, lo mal llaman, modernidad.


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